Seamos padres responsables: enseñanza física, mental y emocional para nuestros hijos - Gimnasio El Portillo

Seamos padres responsables: enseñanza física, mental y emocional para nuestros hijos - Gimnasio El Portillo

Seamos padres responsables: enseñanza física, mental y emocional para nuestros hijos

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Hoy quiero hablar de la sensación de injusticia que surge en uno cuando siente que alguien o alguna circunstancia causa daño, hace daño, lastima y es incapaz de reconocerlo o asumirlo. A nivel personal me genera rabia, impotencia, frustración. Intento que tantas premisas, frases e ideales que he interiorizado en busca de la coherencia a la que tanto aspiro jueguen su papel y me calmen. Intento no juzgar, pero es muy complejo, sobre todo cuando se trata de una acción tan repetitiva.

A nivel profesional como educadora, me cuestiono fuertemente. ¿Dónde estaban los papás de esas personas cuando omitieron o subvaloraron sus faltas o errores? ¿Dónde quedó esa labor tan importante de los cuidadores de acompañar a despertar conciencias?

Entiendo que no somos perfectos, como mamá sé que el amor incondicional que sentimos por los hijos hace que queramos evitarles cualquier sufrimiento, pero pienso objetivamente que la labor de una mamá debe propender el crecimiento, la realización y la felicidad del hijo, y obligatoriamente debe trascender y apostar a un ser social que logre incorporarse a la sociedad para generar bienestar, construir relaciones sanas y aportarle a los demás.

A veces creo que es la sobreprotección unida o derivada del miedo la que hace que muchas familias o cuidadores prefieran omitir, ignorar, pasar por alto, evadir o bien porque son conscientes de las debilidades y carencias de los hijos y en vez de buscar alternativas para apoyarlos a superarlas y mejorar, les distorsionan la realidad haciéndolos creer todo lo opuesto, y convenciéndolos de que son superpoderosos, lo cual a mi entender es mucho más dañiño o quizás, porque consideran también producto de su propia crianza o sus frustraciones y traumas personales que amar es consentirlo todo y alabarlo todo. ¡Qué reto tan grande el de educar! ¡Qué necesidad tan alta de conciencia para quienes educamos!

Y, que tristeza que en la mayoría de los casos se llegue a ese rol por azar, por imprudencia, por curiosidad, por las hormonas, por impulso, por abuso, por violencia y muy pocas veces por decisión, en plena conciencia y deliberación del acto de procrear; luego de haber analizado si realmente se estaba preparado para hacerlo y si se contaba con los recursos emocionales y mentales para lograrlo de la manera más sana, ética y responsable.

Cuando se trae un hijo al mundo la vida cambia por completo. La historia personal se divide en dos: antes y después del nacimiento de cada hijo. La mayor complejidad es que todo sigue sucediendo. El tiempo no se detiene. No hay paréntesis. Como suele suceder en la vida hay que seguir respondiendo a todos los frentes, porque nada se detiene a esperarnos.

En este país, en el contexto laboral, a las madres trabajadoras, nos dan 4 meses de licencia para acompañar y criar a nuestros bebés. 4 meses con los que gracias a Dios contamos, pero que se agotan y esfuman demasiado rápido para todo lo que implica y demanda la crianza.

Por eso en serio se requiere haber crecido ya lo suficiente y tener cierto nivel mínimo de madurez, haberse realizado ya a cierto nivel y haber quizás tomado muchas de las decisiones más importantes de la vida, antes de decidirse a ser padre. Porque una vez que tienes a tu hijo en brazos, ya es imposible dejar de responder por él, dejar de ocuparte de él, dejar de sentir tanto amor y tanta necesidad de cuidado y protección.

Pienso que es fundamental entender que debemos mirar a nuestros hijos con los ojos del corazón, pero con la plena intención de prepararlos para la vida y para la coexistencia y la comunidad.

Es imprenscindible hacerles ver desde el principio que permanentemente estamos optando, estamos eligiendo y evidenciar la intención de optar por el bien, pensando no sólo en uno mismo, sino también en los demás. En las consecuencias directas de esas decisiones que debemos siempre afrontar y asumir. Es necesario hacerles caer en cuenta que por nuestra condición de seres sociales y en aras de la convivencia, lo que hagamos siempre afectará e impactará positiva o negativamente en la vida propia y la de los demás. En primera instancia en las vidas de los del entorno inmediato y el núcleo familiar base, pero a la postre quizás en más y más personas.

Hay que amar lo suficiente para hacerles ver con claridad a los hijos que ni son, ni serán jamás el centro del universo. Quizás sí el de nuestro universo, de ese micromundo íntimo y sagrado que se construye en familia, ojalá con la pareja. Pero que afuera ante los ojos de los demás, en medio del ritmo acelerado y desenfrenado del mundo, seremos siempre uno más. Y no lo digo para que se resignen o nos resignemos, sino para aceptar y entender que somos muchos conviviendo al tiempo, muchos luchando por los sueños paralelamente y que el verdadero amor, la verdadera aceptación debemos aspirar a obtenerla en el fuero interno de cada hogar. Afuera debemos lograr convivir, respetándonos unos a otros. Sin creencias de superioridad sobre nadie.

Creo que así lograríamos verdaderamente encender conciencias, no sólo en el sentido moral, sino en el sentido humano, para poder conectarnos unos a otros. El tema de la empatía tan de moda por estos días sólo puede surgir de ese entendernos y asumirnos como una parte del todo y de mirarnos unos a otros directamente y reconocernos como pares. Debemos enseñar y aprender a mirar para adentro. Enseñar a activar y a encender el botón o el detonante que lleve permanente y sinceramente a la verdadera reflexión y a la introspección. Facultades necesarias para crecer y evolucionar.

Después de 13 meses de encierro y confinamiento, me cuesta mucho, me abruma mucho descubrir que muchos siguen siendo iguales, que a muchos todo esto no les ha generado cambio alguno, ni los ha transformado. Que siguen sin reflexionar, sin mirar adentro, sin reconocer, únicamente señalando afuera y buscando en los demás las culpas o causas que los calman ante su incapacidad de lograr algo o ante sus dificultades para acertar o tomar las mejores decisiones.

La Esperanza no debe perderse y si se logra con una persona, ya habrá valido la pena. Seguiré apostando siempre a una vida consciente, a una vida vivida a plenitud desde una presencia activa y protagonista cada instante que dure nuestra existencia y a transmitir y contagiar un mensaje de amor que comprometa a los padres a responder a cabalidad por sus hijos: física, mental y emocionalmente y a enseñarles a ellos desde su ejemplo a responder por sus vidas. Ese debe ser el verdadero legado y la mejor herencia que podemos dejarles a nuestros niños y a las generaciones futuras, que aprendan a asumir su existencia.

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Especial para Los Mejores Colegios

Por: Liliana Duarte de Naranjo

Filósofa y Literata. Universidad de Los Andes.

Magíster en Educación. Universidad de Los Andes.

Coach Certificada.

Directora Pedagógica Gimnasio El Portillo

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