Reflexiones sobre la generación de autonomía en los niños

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Dar una mirada un par de décadas atrás y ver que en definitiva con el paso del tiempo las cosas han cambiado es un hecho interesante a la vez que inquietante, máxime cuando se refiere a un tema como lo es la crianza. Recordamos el eslogan que profesaban los padres en aquellas épocas, cuando manifestaban como su propósito: “quiero que mi hijo sea una persona de bien”. Dicha intención y deseo propone una interesante visión frente a lo que se deseaba y se buscaba en ese entonces para los hijos.

Con el tiempo, los padres y los modos de educar y desear el bien para los hijos han cambiado. Por estos días, escuchamos un nuevo anhelo en los padres sobre lo que quieren para sus hijos, escuchamos casi que a una sola voz: “quiero que mi hijo sea feliz”. En la actualidad, este deseo de bienestar para los hijos los lleva a poner todos sus esfuerzos para que los niños estén siempre bien en el instante, fijando la mirada y la meta en el presente inmediato, casi de tal modo, que no se vislumbra o contempla el futuro que tendrán los hijos como adultos, y aquí vale la pena cuestionarse si la crianza sigue siendo la preparación de los niños para la vida adulta y para el futuro, o simplemente el hecho de estar para ellos y buscar su felicidad incondicionalmente, aunque esta sea momentánea. De igual manera, valdría la pena analizar y preguntarse por los posibles efectos que deja el hecho de buscar una constante e inacabable felicidad para los hijos, debido a que tal vez los padres no estarán, o no deberían estar, para resolver o impedir las situaciones difíciles que tendrán que sobrellevar los hijos en la edad adulta, sino que desde la libertad y responsabilidad esos hijos deberán reponerse a los embates que en ocasiones trae la vida, por supuesto esto no implica que no puedan contar con el apoyo o experiencia de los padres o que no sean felices en medio de las circunstancias propias de la vida.

Este contraste entre las generaciones de papás y mamás permite analizar el indiscutible deseo de los padres de alcanzar el máximo bien para sus hijos, tanto décadas atrás, como en la actualidad y se hace con el ánimo de estudiar los alcances y logros que obtienen los padres con dicho propósito en cuanto a independencia, autogestión, autorregulación y autonomía en la vida adulta de sus hijos. Si nos detenemos en aquello que llamamos autonomía, podríamos resaltar la importancia de aquella experiencia en la que el niño o la niña se hace responsable de su falta o error cometido, y ejemplos de esto hay muchos: la tarea olvidada, el conflicto o la agresión cometido hacia su compañero, el no levantarse a tiempo para ir al colegio, el llamado de atención de un profesor o la sanción y corrección recibida, por mencionar algunos. Aquí la posición, la actitud y las acciones que adopten los padres son fundamentales en la consolidación de la autonomía de su hijo. En la actualidad, muchos padres se ven movidos por el deseo de evitar ese malestar, “agobio” o frustración de sus hijos ante el hecho de haber fallado con algo, comúnmente ante el colegio, de modo que papá o mamá, o en el peor de los casos ambos padres, corren presurosos a llevar la tarea al colegio, entrevistarse con el docente para buscarle solución a la tristeza por la nota que no ha sido alcanzada, o incluso cuestionar el llamado de atención que el niño ha recibido al cometer una falta académica o convivencial, por supuesto todo ello con el ánimo de buscar el bienestar y la felicidad de ese hijo.

Ahora bien, ¿qué interpreta y qué aprendizaje obtiene el menor ante la respuesta y reacción de sus padres? ¿qué efecto habría tenido sobre él o ella, si los padres le hubiesen llevado a que aceptara y buscara la manera de solventar por sí mismo una u otra de esas situaciones?

Claro, en primera instancia no sería muy feliz y tendría que cargar con un peso y un malestar durante algún tiempo, pero ¿Sería tan insoportable ese malestar para el niño como para que los padres deban entrar a solucionarlo? ¿qué aprendizaje obtendría para la vida? ¿Qué pasaría con el desarrollo de su autonomía? y por último ¿qué pasará con ese niño cuando sea adulto? ¿cómo y con qué experiencia contará para buscar y lograr una solución a sus asuntos? ¿Estará pleno al ver que no es feliz pues debe enfrentarse con obstáculos y retos naturales que en ocasiones trae consigo la vida? ¿Estarán siempre sus padres con él para solucionar el inconveniente?

Quizás la conclusión que podríamos sacar a modo de recomendación para los padres de hoy en día, es que es fundamental un apoyo y acompañamiento medido y equilibrado, que los errores y tristezas de los hijos son vitales para el aprendizaje frente a sí mismo y frente a la vida, que por el hecho de que en dado momento los hijos estén pasando por una preocupación, no significa que esté comprometido su bienestar, tal vez habría que alejar la vista de ese instante presente y vislumbrar qué beneficio le podría traer el pasar por esa experiencia y dificultad para asegurar un futuro mejor.

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