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Primero mis amigos, bienvenida adolescencia

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La llegada de la adolescencia es sin duda un momento de ruptura y cambio de dinámicas. Sin embargo, lejos de ser una tragedia, es un proceso natural y necesario.

Determinando lo que es la dinámica familiar, la gran mayoría de estas etapas están relacionadas con el desarrollo físico y emocional de los hijos, siendo estas el eje central del desarrollo de la familia.

Una de las etapas más importantes, debido a su intensidad y características, en la adolescencia de los hijos. Todas las etapas anteriores a esta han tenido un ritmo parecido, donde las reglas han sido puestas por los padres y obedecidas por los hijos sin mayores contratiempos o desavenencias. Han sido etapas donde de manera paulatina pero constante hemos visto el desarrollo de los hijos en muchos aspectos y hasta ahora, esos hijos nos han visto como seres necesarios e indispensables para su supervivencia y para la satisfacción de sus necesidades tanto físicas como emocionales. Es solo hasta la entrada de la pubertad, que empezamos a ver que algo en esa conocida ecuación está cambiando y que ese cambio definitivamente se establece al entrar la adolescencia.

Ya nuestras ideas, ante sus ojos, no son siempre las mejores, las reglas se deben repensar por el bienestar de todos, y ese tiempo que antes era sagrado para pasarlo en familia empieza a desvanecerse. ¿Qué ha sucedido? simplemente se ha entrado en un ciclo más de ese camino familiar: los hijos han entrado en la adolescencia y es tal vez el momento más importante en cuanto a romper estructuras se refiere.

El adolescente necesita “salir del cascarón” y probarse a sí mismo que puede subsistir sin la asistencia permanente de sus padres, tal como lo tenía que hacer cuando era más niño. Sin importar lo cercanos que hayamos sido con nuestros hijos durante todos los años anteriores, esta ruptura es necesaria y saludable, es un paso más en ese sano desarrollo que los llevará a ser adultos, sanos y equipados el día de mañana; y es en este punto donde viene la gran paradoja: decimos que esta es una etapa de enorme conflicto para los chicos, pero si miramos un poco nuestra actitud como padres, podremos darnos cuenta que ese comportamiento conflictivo relacionado con esta nueva etapa también nos atañe a nosotros, pues ahora, ese niño al que desde que estaba chiquito le pedíamos que fuera más independiente, nos está haciendo caso y ahora somos nosotros los que tiramos de la cuerda y nos oponemos con fiereza a que eso sea así, sin entender que así debe ser, que es el momento en el cual los amigos deben ser la figura afectiva y social más importante para ellos, más importante que la familia ya sean hermanos y padres.

Los adolescentes buscarán en sus Padres cosas que los identifiquen. Sus gustos y valores muy probablemente serán afines, es por esto por lo que debemos confiar en las elecciones que hagan nuestros hijos al escoger su grupo de amigos.

Ese momento donde se acaba la dependencia emocional de los padres, esa transición donde se “cambia” a los amigos por la familia es vital y necesaria y debemos entender y soportar ese proceso de la mejor manera posible. Permitirles a nuestros hijos adolescentes esa libertad de relacionarse con sus pares, crear círculos con sus propias reglas y bajo sus propias responsabilidades les va a permitir empezar a ser ellos mismo sin estar bajo nuestra sombra. Saldrá a flote su capacidad de socializar, de pertenecer a un grupo, de resolver conflictos y de construir vínculos afectivos más allá de la consanguinidad.

Este cambio debe recibirse sin tristezas ni aprehensiones y aunque ciertamente no es fácil, no solo por esa “lejanía” que se genera si no por todos los riesgos reales que implica el inicio de esa nueva independencia, un adolescente sin amigos sin duda es algo mucho más complicado y extraño que esta evolución natural.

Uno de los aspectos más importantes de esta nueva etapa es la búsqueda de identidad, y en este aspecto el grupo de amigos es muy importante, pues muchas veces esa identidad se da manera grupal, necesitan al grupo para existir, para saber quiénes son, necesitan crear sus propias reglas y códigos para moverse dentro de ese mapa y pertenecer. Entonces, el grupo, más allá de ofrecer solo el espacio socialización se convierte en parte de su identidad.

Ahora, es muy importante entender que se trata de una nueva dinámica social de los hijos, en la cual necesitan más libertad y autonomía, pero para nada estamos hablando de ausencia de reglas, simplemente que las reglas deben modificarse de acuerdo con la madurez emocional de cada hijo. De la misma manera en que los adolescentes reclaman su libertad y luchan por ella de forma abierta, de esa misma manera, todas sus conductas reclaman (de manera silenciosa) que les mostremos los límites, que los controlemos, que no los dejemos a la deriva con unas libertades y responsabilidades que se puedan salir de sus manos. El cambio debe ser paulatino y jamás debemos renunciar a tener el control, a poner la hora de llegada, a dar los permisos y a decir qué aprobamos y qué no. Esto lo necesitan ellos para poder tirar de la cuerda teniendo la certeza de que no se va a romper, solo así pueden vivir esta etapa con seguridad emocional.

Rompamos con el mito de que la adolescencia es una etapa terrible. La adolescencia es una etapa donde los jóvenes atraviesan por millones de cambios, de rebelión, de entenderse, conocerse y probarse a sí mismos y a los demás quienes son. De probarse e integrarse como seres sociales y de enfrentarse, por primera vez, a las cosas por sí mismos.

¿Cómo podemos hacer parte de ese proceso y permanecer cercanos sin invadir su espacio?

Conocer a sus amigos
Si bien es cierto que lo más probable es que nuestros hijos busquen relacionarse con jóvenes similares a ellos, de todas maneras, es importante conocerlos. Saber quiénes son, conocer sus historias, y poder tener ese contacto personal que nos da la opción de saber que dice nuestro instinto.

Invitarlos
Si es posible, ofrecer nuestra casa como espacio de reunión, es siempre una buena idea. Cuando los amigos de nuestros hijos vienen a casa, podemos no solamente conocerlos si no ver desde la distancia cómo son las dinámicas de grupo.

Hablar sin juzgar
Si vemos algo que no nos guste, que nos preocupe o que no estemos de acuerdo, debemos hablarlo abiertamente con los hijos. La idea es tratar de hacerlo de manera objetiva y sin juzgar. Describir lo que nos preocupa y ser claros con nuestra posición es suficiente.

Fuente: Paola Bermúdez
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